De sexos y amores

Author: erincon Fecha:Febrero 16, 2020 / Etiquetas: Ciencia, amor, sexo, hormonas, poliamor

Por Amira Abultaif Kadamani

“Si tu perro tuviera tu cerebro y pudiera hablar y le preguntaras su opinión sobre tu vida sexual, la respuesta te sorprendería. Sería algo así: ‘¡Estos asquerosos humanos tienen relaciones sexuales cualquier día del mes! Barbara propone tenerlas incluso cuando sabe perfectamente que no es fértil, es decir, exactamente después del periodo. John está dispuesto en cualquier momento, sin importarle que sus esfuerzos puedan dar o no un bebé como resultado. Pero si quieres oír algo realmente fuerte, ¡Barbara y John siguieron teniendo relaciones sexuales mientras ella estaba embarazada! Esto es tan soez como cuando los padres de John vienen de visita y puedo oír cómo tienen también relaciones sexuales, aunque la madre de John ya hace unos años que pasó por eso que llaman menopausia. Ahora ya no puede tener hijos, pero todavía quiere sexo y el padre de John la complace. ¡Qué despilfarro de esfuerzos! Y aquí va la cosa más rara de todas: ¡Barbara y John, igual que sus padres, cierran la puerta del dormitorio y tienen relaciones sexuales en privado, en vez de hacerlo delante de sus amigos, como cualquier perro que se respetase a sí mismo!’”

Este monólogo canino es el que el geógrafo Jared Diamond (sí, geógrafo, y también fisiólogo y biofísico, entre otros conocimientos variopintos), imagina como prólogo de una verdad de a puño: los humanos tenemos la vida sexual —y amorosa— [adición de esta autora] más extravagante en el reino animal, incluso si nos comparamos con nuestros parientes más cercanos —los grandes monos—, entre unas 6.399 especies de mamíferos vivientes, según la Base de Datos de diversidad de Mamíferos. “La sexualidad, junto con la postura y el tamaño del cerebro, completa la trinidad de los aspectos decisivos en los que divergieron los ancestros de los humanos y los grandes simios”, explica este multifacético investigador en su libro ¿Por qué el sexo es divertido? (tautología descarada, pensarán algunos). 

El hecho de establecer asociaciones sexuales a largo plazo, de que ambos padres críen y cuiden de sus hijos, de vivir integrados en una sociedad de parejas que comparten un territorio común y de tener sexo en privado, prolongada receptividad femenina hacia este, ovulación oculta (porque es difícil de detectar por potenciales parejas sexuales y muchas veces por las mismas mujeres), sexo por diversión y menopausia, constituye, según Diamond, lo que los humanos asumimos como sexualidad normal. Pero salvo contadas excepciones, muy poco de todo este coctel sucede en el mundo de Chita, la chimpacé, y sus antecesores de otros géneros, familias, órdenes y clases; empezando por la monogamia y terminando en el sexo recreativo, pasando por la inadvertida ovulación.

¿Y por qué la biología es tan importante en lo que parece ser un constructo social como el poliamor? Porque conforme lo establece Diamond, la sexualidad de una especie es moldeada por otros aspectos de su propia biología, y “el comportamiento evoluciona a través de la selección natural, de la misma forma que lo hace la anatomía”. Claro, la biología no colma ni coopta todas las explicaciones; a ella se suman la cultura y la psicología, humanas. Estos tres son los factores dinámicos del amor y la sexualidad. 

“El hombre se complementa al hombre, mujer con mujer, hombre con hombre y también mujer a hombre del mismo modo en el sentido contrario”… con el patrocinio de Verónica Velásquez, Miss Antioquia 2009, hoy podemos entender mejor que en el poliamor la selección es múltiple y las combinaciones muy variadas en número, género, afectividad y opciones de cama. 

Los seguidores del poliamor declaran que:

  • No es infidelidad porque no sostienen relaciones soterradamente, sino de manera frentera y transparente.
  • No es sinónimo de poliginia (unión de largo plazo y simultánea entre un hombre y varias esposas) ni poliandria (unión de largo plazo y simultánea entre una mujer y varios maridos) porque no enfatiza en el matrimonio ni en la posibilidad de que los amantes sean de un solo género o que un solo individuo sea el beneficiario. 
  • No es lo mismo que el intercambio de parejas o swinging en la medida en que sobrepasa los encuentros sexuales con otros al permitir entablar relaciones sentimentales con distintos individuos.
  • No necesariamente presupone la existencia de una pareja central.
  • No es igual a la promiscuidad si se tiene en cuenta que no es obligatorio tener sexo, pero si lo hay, suele ser estable y consistente con las mismas personas.
  • No hay estructuras modelo de poliamor; cada relación tiene un esquema y unas reglas distintas. 
  • No hay niveles ni jerarquías entre sus practicantes.
  • Sí se fundamenta en la apertura interpersonal, siempre y cuando sea informada y consensuada.
  • Sí puede implicar la convivencia de todos los involucrados en un mismo espacio —de tríos en adelante— al punto de incluir la crianza colectiva de los niños. 
  • Sí se experimentan celos y miedos entre sus integrantes.
  • Sí hay posibilidad de amar ilimitadamente.

“Las relaciones son como un menú. La monogamia serial es lo que está en el top del menú y quizá el platillo más popular que la gente ordena, pero hay otras cosas que las personas también pueden pedir”, afirma la doctora en sociología Elisabeth Sheff, en un documental sobre el poliamor para la cadena CBS, titulado "Things are opening up": Non-monogamy is more common than you'd think. Según esta consultora legal, autora de varios libros y una de las pioneras en el estudio de esta forma de relacionamiento que surgió en Estados Unidos en la década de 1960, el poliamor es más común de lo que se cree: un estudio publicado en 2016 en el Journal of Sex and Marital Therapy señala que uno de cada cinco estadounidenses adultos  ha estado involucrado en una relación consensuada no-monógama en algún momento de su vida, lo que abarca más que toda la población LGBTI condensada.

Entre tanto, la célebre antropóloga y bióloga del amor, Helen Fisher, sostiene que entre el 4 y 5 por ciento de la población en Estados Unidos vive en una relación no monógama. (¡caray!, no tenemos estadísticas criollas). “Lo que es inusual hoy es que en una relación abierta las personas sean transparentes, pues han hecho un acuerdo, no están engañando”, advierte ella en el documental. “Es interesante que el poliamor esté en discusión. Entre las muchas razones por las que está ocurriendo, quizá la más significativa es que las mujeres alrededor del mundo están volcándose más hacia la fuerza laboral, y en la medida en que ganan poder económico también ganan poder sexual y social, y pueden empezar a experimentar”, agrega.  

De la testosterona y otros demonios

Y quizá la pregunta del millón es: ¿se puede amar a más de uno al mismo tiempo? Según la neurociencia, la respuesta corta es que sí; la respuesta larga es que, como muchas cosas en la vida, hay matices, y eso depende de lo que se entienda por amor y sus tipos. Lo que resulta indiscutible para los estudiosos del tema y algunos practicantes, es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa (¡que vivan los dichos mexicanos!): deseo no es igual a atracción, atracción no es igual a enamoramiento y enamoramiento no es igual a amor. Hay casos en que estos procesos se orquestan alrededor de una misma persona, y hay casos en que no. 

El deseo es despertado por la testosterona que hombres y mujeres tienen —unos más que otros— y que se suple de distintas maneras: masturbación, pareja, amante, prostíbulo, orgía, u otros actos sexuales, todos liberadores de dopamina (neurotransmisor que también tiene efectos hormonales y por eso se clasifica como neurohormona). La atracción es un mecanismo de respuesta ante un estímulo exterior —entiéndase otra persona— y en la que se siente la piel erizada, taquicardia, corrientazos, manos sudorosas y mariposas en el estómago, ese punto a donde llega gran cantidad de terminales nerviosas. En ella también se libera dopamina, la cual alcanza todo su esplendor y es capaz de embriagar al más sobrio durante el enamoramiento, el periodo más sabroso de estupidez humana. Este dura alrededor de tres años y está comprobado que disminuye la inteligencia porque anula la lógica y la congruencia entre lo que se piensa y se hace; cuanto más enamorados estamos, más estúpidos nos volvemos. Además de dopamina, que fluye lentamente y a cuentagotas, en esta etapa también se liberan oxitocina —la neurohormona reina del apego— entre otros neurotransmisores y hormonas. 

Estas reacciones biológicas en las que hay flujos bioquímicos e interacciones de áreas neuronales básicas, se conjugan por supuesto con el ámbito psicológico y social de un sujeto. Pero el amor está hecho de otra madera, es una construcción compleja en la que la psiquis, la cultura y los lazos sociales son determinantes y llevan la delantera. “El cerebro tiene capacidad para amar a más de uno al mismo tiempo. Sin embargo, siempre tendrá la tendencia a querer y sentir más cariño por alguien, y eso es a quien se otorgue más tiempo y atención”, explica el neurobiólogo Eduardo Calixto González. “En el cerebro, el enamoramiento y el amor tienen jerarquías, y solo una persona despierta más afecto, más apego o más pasión que otras; no necesariamente es la misma”, acota él, jefe del departamento de neurobiología del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, en México. 

Sin pretender caer en determinismos, pero acogiendo la evidencia científica, este académico sostiene que hay diferencias significativas del poliamor entre hombres y mujeres. En los primeros hay una mayor predisposición biológica, mientras que en las segundas su inclinación está más atada a procesos de aprendizaje. La vasopresina es la hormona  de los celos, y cuanto más se tiene más celoso se es. Pero la trama no termina ahí. Aunque suene paradójico, se ha identificado que los más celosos suelen ser más infieles, promiscuos y superficiales en sus relaciones (¡híjole! celo, maldito celo). Atención señores: cuando se expresa el gen RS3-334, que está solo en el cromosoma Y, los niveles de vasopresina se incrementan y eso generaría una relación muy estrecha con las conductas poliamorosas. Como una golondrina no hace verano, no se puede aseverar que este es el gen de la infidelidad, pero por ahí va la cosa… A futuro, este puede ser un biomarcador genético (un segmento de ADN del que se conoce su ubicación en un cromosoma y que sirve como indicador para relacionar su presencia/ausencia con una enfermedad o condición) en estudios particulares con poliamoristas. 

Así que destilando un poco lo dicho hasta ahora, el amor tiene colores y matices. Los poliamorosos defienden a capa y espada que no se puede poner límites a este sentimiento y que tienen una capacidad elástica de extenderlo a quienes se les antoje. ¿Acaso un padre o una madre no quiere a todos sus hijos por igual?, blanden muchos como argumento filoso en su defensa. Pero, de nuevo, la ciencia tiene algo que decir al respecto: eso es un MITO. Los padres suelen amar profundamente a sus criaturas, pero en el fondo bien pueden tener un hijo predilecto o bien sentir amores dispares —sin que uno sea más grande que otro— por cada uno. En el amor hay categorías y grados, señalan los que saben. 

De ahí que para el psiquiatra y sexólogo Mario Alberto Peña, lo que está en juego detrás de  todo esto no es el poliamor sino el polisexo (sex o no sex, esa es la cuestión): “Uno puede tener una relación de pareja abierta y actividad sexual con otros, y quizás hasta pequeños enamoramientos en distinto grado y de distinta manera, pero amar profundamente, con todo lo que ello implica, solo se da con una persona; lo demás, está por debajo”. No por nada, precisa él, quienes tienen esta orientación han llegado a su consultorio por inquietudes sexuales, no amorosas, y tampoco por nada, hay una alta frecuencia de cambio de pareja entre ellos. “Las mariposas en el estómago no se sienten con una persona y a los ocho días con otra, pero si sucediera, significa que la primera ya no despierta lo mismo”. Por eso, este médico hace tanto hincapié en la importancia de separar el amor del sexo y de conocerse a sí mismo para identificar su propio nivel de apetito sexual. A su juicio, pese a que puede haber sujetos que consideren poder amar a varios, en general es muy difícil, por no decir imposible, diferenciar el llamado poliamor de la promiscuidad (¿es el poliamor un eufemismo elegante?).  

Por su parte, el jesuita Carlos Novoa, doctor en ética de la sexualidad (¡por Dios!, ¿un cura hablando de sexo? Sí, y sus clases son muy populares) celebra vivirla con brío —en otros, claro está—, pero al hablar de ella siempre pone asterisco: la sexualidad es una pulsión de vida tejida por TRES dimensiones. La primera es la física-corpórea; la segunda es la psíquica y la tercera es la espiritual. “No hay nada más divino que un orgasmo con amor”, pronuncia fuerte. No obstante, considera que el mundo consumista en el que vivimos la ha reducido a la primera dimensión, y eso es un error garrafal porque la deshumaniza. Para él, el problema del poliamor es de reloj: toda relación íntima, sea de pareja o de amistad, requiere ser cultivada; si es genuina necesita tiempo, compromiso y dedicación física y psicológica, y el día solo tiene 24 horas. 

¿Y la ética? Justamente lo que esconde esta parábola cronométrica es un discurso ético. “Para definir un estatuto de comportamientos y actitudes que moldeen la experiencia humana en su beneficio, que es el propósito de la ética, es esencial comprender que los seres humanos somos contingentes (limitados), indigentes (necesitamos del otro, solos no podemos), trascendentes (me realizo y soy auténticamente humano cuando salgo de mí, me encuentro con el otro y trasciendo) y fiduciales (sujetos de fe —no necesariamente religiosa —, sino en el sentido de depositar confianza en el otro)”, explica Novoa. “Si comprendemos eso, aceptamos que no somos dioses, es decir, no somos capaces de hacerlo todo ni de tenerlo todo. Y eso opera para el amor, para la profesión (no podemos ser abogados, ingenieros o astrónomos simultáneamente y con esmero), para los amigos…para todo”, añade. 

De momento, en un mundo hipersexualizado, los poliamorosos adquieren fuerza al esgrimir que la naturaleza está de su lado por ser  contundentemente poligámica. Cierto. Aunque también es cierto que tomamos gran distancia de lo que ocurre en el mundo animal al reivindicar los derechos del sexo recreativo y la posibilidad de amar, entre otras características que nos hacen únicos. Compartimos el 84% del ADN con un perro y el 98% con un chimpancé, pero pese a esa gran similitud se cierne un universo de diferencias no solo entre especies, sino dentro de cada una de ellas. Se calcula que el promedio de las variaciones genéticas entre humanos no es mayor al 0,1%, un margen muy estrecho en el que, no obstante, cada ser es irrepetible. La ciencia tiene un largo camino por delante para descifrarlas. Y en lo que al poliamor se refiere, hay que empezar por hacer estudios exclusivos con este grupo poblacional (no solo biológicos claro, sino también sociales y psicológicos) si se quiere entender mejor su opción de vida.  

 

“El corazón y el espíritu no saben de exclusividades”

Sandra Roa*, poliamorista

“He sido muchas veces infiel. De adolescente, cuando empezó mi exploración sexual y sentimental nunca desperdicié una posibilidad de sexo. Me daba mucho mal genio, tristeza y pesar perder una oportunidad porque tenía novio; no quería vivir las limitaciones que impone la monogamia y sus relaciones asfixiantes. Siempre discutía eso con mis parejas, a quienes les ponía los cachos. Hace unos 9 años, cuando descubrí el concepto del poliamor, entendí mejor lo que me pasaba: quería extender cuanto más fuera posible la experiencia del amor, la sexualidad y la convivencia con otros en esta vida, que es una sola y se va muy rápido. El corazón y el espíritu no saben de exclusividades porque son generosos, y el deseo es mucho más pedigüeño como para estar con una sola persona. A partir de entonces mis relaciones empezaron a ser abiertas, transparentes y consensuadas; el poliamor exige conversación, comunicación, honestidad y respeto por el acuerdo que se haga. Soy principalmente heterosexual con una experiencia homosexual, pero no me gusta etiquetarme; simplemente vivo la oportunidad que se me presente. Solo una vez he sentido celos, un sentimiento mezquino y doloroso; fue a los 24 años y lo comparo con el deseo de matar, fue una puñalada al ego. He vivido el poliamor de dos maneras: una con mi novio actual, al principio de nuestra relación, cuando éramos una pareja abierta hasta que él me dijo que no quería continuar el acuerdo que entablamos. Mientras estuve sola tuve, simultáneamente, muchas parejas sexuales con cierto grado afectividad, entre ellas, una amiga muy especial con la que terminé en la cama una noche. Actualmente vivo con mi pareja en una relación monógama desde lo sexual, afectivo, emocional y económico. Es otro tipo de apuesta y compromiso que a mis 45 años no me resulta tan difícil porque la edad lo va atemperando a uno y las oportunidades dejan de presentarse como antes.” 

*Nombre cambiado

 

Algunos datos cocteleros:

-Según Jared Diamond, entre los primates, la mayoría de las especies monógamas tienen ovulación oculta, pero no sucede lo mismo al revés, pues la mayoría de especies con ovulación oculta no son monógamas. 

–De ahí que “la promiscuidad o los harenes [concebidas como distintas formas de relacionamiento sexual con múltiples parejas] y no la monogamia, es el sistema de apareamiento que conduce a la ovulación oculta”, conforme lo concluye Jared Diamond.

-Los bonobos (chimpancés pigmeos) y los delfines son unas de las pocas especies en las que el sexo no solo tiene la función de fertilización. 

-Nos enamoramos con 29 áreas cerebrales y 10 sustancias neuroquímicas.

-Entre los 16 y los 21 años, en promedio, se da la máxima liberación de dopamina en el cerebro humano, y gradualmente va disminuyendo en el transcurso de la vida. De ahí que el enamoramiento cambie, por eso no es lo mismo enamorarse a los 40 que a los 20.  

-El orgasmo en una mujer dura entre 10 y 12 segundos; en un hombre, de 5 a 7. 

-Por cada año de enamoramiento, una mujer se demora tres meses en bajar su dopamina  a nivel basal; el hombre se demora 28 días. De ahí que, ante una ruptura, sean ellos los que se recuperan más rápido.

-Cuanto más testosterona tiene una persona, más disminuida es su conectividad neuronal; por el contrario, cuantos más estrógenos haya, será mayor el número de espinas dendríticas (las terminaciones de ramificaciones microscópicas que conectan las neuronas entre sí).

 

-Como una persona no despierta el mismo nivel de dopamina que otra, la ciencia ha comprobado que un clavo no saca a otro clavo. 

 

Amira Abultaid Kadamani es periodista colombo-libanesa, coautora del libro de perfiles Vivir para crear, crear para vivir, del libro empresarial Bitácora de una multilatina, La estrategia de Nutresa y curadora de la antología Veinte años no es nada, una selección del trabajo del caricaturista Vladdo, publicado en su sección conocida como Vladdomanía. Se ha sumergido en el periodismo escrito cubriendo diversos tipos de información para medios como Reuters, AFP, El Espectador, Cambio, El Tiempo y Publicaciones Semana. Ha trabajado como investigadora y productora de documentales para Discovery Channel, National Geographic y PBS. Actualmente se desempeña como periodista independiente.

 

Las ilustraciones son de Mariana Rojas, en Instagram como @lafurys

 

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