Andábamos desnudos

Author: erincon Fecha:Junio 01, 2020 / Etiquetas: Pandemia, Mundo, coronavirus, sociedad, Covid19, recomendado

Como en el cuento “El nuevo traje del emperador”, nuestras miradas cómplices cubrían nuestras vergüenzas antes de la pandemia.

por Yino Castellanos

Pandemia, muerte, enfermedad parecían palabras extrañas, para designar la suerte de otros, la mala suerte de otros. Hoy crecen a nuestro alrededor para recordarnos aquello que parecía eliminado de nuestra conciencia colectiva.

 

Andábamos desnudos, pero no para posar para el fotógrafo Spencer Tunick, ni como preludio de un poema de dudosa calidad. Íbamos al natural justificando el orden del mundo cuando de repente, pum… PANDEMIA, y entonces palabras olvidadas como: solidaridad, compasión, cooperación, unión, bien común, fueron rápidamente recuperadas para vestir los discursos de periodistas, políticos, administradores, líderes de toda índole y hasta deportistas. Al parecer, íbamos con nuestras vergüenzas al aire, cubiertas apenas con algunas miradas indiferentes, hasta que tuvo que llegar un virus a señalarlo.

Un virus diminuto de apenas 0.3 micras (una micra es la millonésima parte de un metro, el diámetro de un cabello humano es de 18 micras, según el Consejo General de Colegios Farmaceúticos). No fue necesario el niño del cuento “El nuevo traje del emperador”, a veces con un minúsculo profeta es suficiente. 

Pero, ¿cuáles serían esas vergüenzas expuestas a la vista de todos que, en menor o mayor grado, nos negábamos a ver? No solo la desigualdad lacerante, que según el Banco Mundial fue considerable para 2018, dado que en los países de ingreso alto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) la riqueza per cápita fue 52 veces mayor que la de los países de ingreso bajo, sino la percepción general de que, como mínimo, las cosas podrían ir mejor.

Problemas sin resolver que se antojan inaceptables en un mundo que en general se veía a sí mismo como un mundo en progreso: al menos 8.500 niños mueren a diario por problemas asociados a la desnutrición según la OMS y Unicef, o, para hablar de nuestro continente, “América Latina se ha convertido en la región del mundo con más homicidios. Aunque el continente americano sólo alberga el 13 % de la población mundial, aquí se registran el 42 % de todas las víctimas de asesinatos, según el Estudio Mundial sobre el Homicidio de 2019 realizado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), según se afirma en un artículo del diario El Espectador.

Si bien autores como Steve Pinker son reconocidos por llamar la atención sobre otros datos que nos permiten decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles, el debate sobre el progreso de la especie humana contiene tantas aristas como percepciones subjetivas hay. Lo que sí parece irrefutable es que habíamos naturalizado un sistema de valores que privilegiaba el individualismo, la competencia, el egoísmo, la indiferencia

Así lo sostiene Marisa Martínez Pérsico, profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Roma Tor Vergata, argentina radicada en Italia desde hace diez años, cuando refiere su experiencia con el virus en el país europeo: “Tengo la certeza de que solo la responsabilidad cívica individual puede beneficiar al conjunto de la población, es una certeza que muy pronto pude palpar en Italia. El sentido colectivo de grupo, vecindario, barrio, pueblo, entendido como un organismo es en el fondo el regreso a un sentimiento de pertenencia a la raza humana, que nos iguala por encima del individualismo que prima en los días normales, es decir, aquellos en los que sabemos que nuestros actos no tendrán consecuencias en los demás, a menos que así lo queramos, y viceversa”.

La igualdad que refiere la profesora Pérsico y que nos devuelve a nuestra condición de seres naturales-culturales, partícipes de un destino común, aparece también en la reflexión que nos compartió el profesor Fernando Zalamea, doctor en matemáticas por la Universidad de Massachusetts, y docente de la Universidad Nacional de Colombia. Él, con una perspectiva pierceana, en referencia a la obra del semiólogo estadounidense Charles Sanders Pierce, reflexiona: “el virus rompe con cualquier tipo de distinción nacional y con cualquier tipo de estratificación social. A todos afecta y todos la sufren. Por supuesto, los más vulnerables (económica o físicamente) la sufrirán más, pero la pandemia cubre un espectro social muy amplio”.

Ética de la normalidad

Lo que podríamos llamar la dimensión ética de la pandemia, pues todo fenómeno humano posee esta dimensión porque se desarrolla en el lenguaje, y desde allí participa en la construcción de sentido de lo humano, ha revelado la difícil tensión entre dos polos aparentemente irreconciliables: egoísmo y solidaridad. Sin embargo, al decir del profesor Jairo Ordoñez, ingeniero de sistemas de la Universidad Nacional, son irreconciliables solo si seguimos pensando en términos de oposiciones radicales y binarias. Que lo uno excluye lo otro. Pero dado el advenimiento de nuevas lógicas en la segunda mitad del siglo XX, lógicas intuicionistas, de los haces e incluso paraconsistentes, ha quedado claro que es posible integrar elementos aparentemente contrarios y absolutamente irreconciliables, siempre y cuando las fronteras de los traspasos entre opuestos sea controlable y precisable por sofisticadas herramientas del pensamiento matemático. Así, para un experto en estas nuevas lógicas, la vida no se da siempre en blanco o negro, sino en multiplicidad de grises que estas lógicas pueden captar mucho mejor. Por ejemplo, cuando Adam Smith afirmaba que lo que motivaba al pandero no era alimentar a la gente sino su impulso egoísta para ganar dinero, a la luz de estas lógicas hoy el problema podría ser visto de forma no excluyente: hago un buen pan para ganar dinero y para alimentar a la gente.

“Así se trabaja desde la lógica matemática actual y desde el pensamiento filosófico como también lo ha planteado Stephan Lupasco, quien ha elaborado su propuesta de tercero incluido para ampliar y complementar el célebre principio de no contradicción de Aristóteles, que en su versión más común puede ser interpretada con la conocida margarita de los enamorados: me quiere o no me quiere, resaltando la presencia de la “o” (disyunción), o lo uno o lo otro. El tercero incluido diría algo así como: me quiere y no me quiere, resaltando la presencia de la “y” (conjunción), eres egoísta y también soy solidario”, complementa el ingeniero.

Pero, ¿cómo dos realidades aparentemente irreconciliables pueden funcionar? Pues una cosa son los modelos mentales de la lógica y otra cosa sentimientos como el egoísmo o la solidaridad. Sin embargo, para Ordóñez, aun cuando se habla de sentimientos humanos, si estos son modelados parcialmente como sistemas, se pueden hallar los “puntos de encuentro, de articulación, máxime si hablamos de experiencias como la humana en la que solo se es individuo en sociedad y viceversa”.

De hecho, para volver con el profesor Zalamea, y con Peirce, la terceridad pierceana serviría de mediación entre polos. Mediación que también podemos señalar cuando la profesora Pérsico refiere la constatación, en el caso italiano, del principio de la responsabilidad cívica individual. Esto es: un individuo persigue su propio interés. Pero este interés solo puede alcanzarse en sociedad, así que la responsabilidad cívica, compartida, sería el tercer elemento a tener en cuenta: la terceridad de Pierce, y la responsabilidad cívica de cada cual. Yo, nosotros, y la relación empática, solidaria, entre ambos.

Ahora bien, el hecho de hallar los necesarios puntos de encuentro entre individuo y sociedad no invalida la crítica al egoísmo como patología. De hecho el profesor Zalamea es tajante: “La primera directriz ética en respuesta al virus es la importancia de luchar contra el egoísmo”. Similar pensamiento sostiene Germán Villa, filósofo y candidato a doctor en derecho por la Universidad del Rosario, cuando señala la necesidad de pensar la pandemia en términos del principio de vulnerabilidad propio de la bioética. "Nadie debe buscar explotar la vulnerabilidad humana en su propio provecho. Se me hace que eso da qué pensar frente a la actuación del Estado, algunos bancos y algunas tiendas y supermercados; aprovechan la coyuntura para sacar algún provecho económico o estratégico”, afirma Villa. 

Aprovechar la coyuntura para alcanzar bienes estratégicos egoístas en época de pandemia, como menciona el profesor Villa, revela que el sentimiento del thymos de los antiguos griegos, del orgullo personal y el ansia de diferenciación con respecto a lo demás, vive en cada uno de nosotros. De igual forma, para algunas personas este thymos es vital y necesario, como afirma el profesor Ordoñez. 

 

Sin embargo, como enfatiza el ingeniero, “no podemos olvidar nunca que también somos animales sociales y que las consecuencias de este hecho irrefutable pueden ser benéficas para individuos egoístas racionales fuertes que desde su fortaleza contribuyan al mejoramiento social, pues como lo enseñan las lógicas no clásicas, lo uno no tiene porque excluir a lo otro”. 

 

En suma, si bien esta pandemia nos ha desnudado, mostrando imágenes que antes editábamos para seguir la marcha de nuestros días, “este virus propició la toma de conciencia de valores colectivos que la costumbre y el ritmo de vida frenética e individualista suelen invisibilizar”, comenta la profesora Pérsico. La tensión clásica entre egoísmo y solidaridad no parece tan obvia cuando se reflexiona sobre ésta y cuando es un virus el que toma por asalto nuestra codiciada libertad. Cómo agrega la profesora desde su vivencia: “En Italia hubo pronto numerosos gestos de solidaridad tanto de individuos como de monopolios empresariales. Chicas y chicos jóvenes dejando carteles en los pasillos de los edificios donde viven ancianos con su teléfono ofreciéndose a ir de compras para que ellos no salgan (a título gratuito). Conciertos nocturnos de vecinos cantando al unísono el himno italiano o canciones populares. Barrios poniéndose de acuerdo para apagar las luces de casa a las 21 horas y encender la linterna del móvil para ver las lucecitas de los demás brillando a lo lejos y hacerse compañía en la oscuridad”, una oscuridad que esperamos no sea definitiva, pues ¿no contiene la luz algo de sombra que la embellece, aunque nos sea difícil detectarla? Quizás los maestros del claro-oscuro, como los nuevos lógicos, nos ayuden a entender mejor, y a vivir mejor nuestra individualidad solidaria tras esta prueba.

 

 

 

 

Yino Alexander Castellanos Camacho es periodista científico, magíster en Estudios Culturales, catedrático de las Universidades Central y Área Andina. Ha trabajado como redactor en los medios de la Universidad Nacional, Universidad del Rosario, Noticyt Colciencias y en Pesquisa de la Universidad Javeriana. Es autor del libro Desarrollo Humano y Nuevas Ciudadanías, y sus artículos han sido publicados en al revista el Gran Educador de la Universidad Gran Colombia y en la Revista Javeriana.

 

Ilustraciones de @raeioul

 

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