Asimov tenía razón

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Octubre 20, 2017 / Etiquetas: Mario Víctor Vázquez

Por Mario Víctor Vázquez

En 1942 Isaac Asimov propuso las tres leyes de la robótica:

1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe hacer o realizar órdenes dadas por los seres humanos, siempre que no entren en conflicto con la primera ley.

3. Un robot debe protegerse a sí mismo, excepto que esta protección entre en conflicto con las dos leyes anteriores.

El escritor tenía claro que ante esos seres dotados de cerebros positrónicos, que si bien eran construidos con buenas intenciones, nunca estaba de más estar prevenidos por si algún día, uno nunca sabe, se les daba por usar sus poderes contra nosotros. Pura ciencia ficción, ¿o no?

A fin de cuentas esos seres existen solo en las historias que leemos o vemos en el cine, y si bien siempre hemos sospechado del comportamiento errático de algún amigo o pariente, no podemos asociarlos directamente con alguien que luego de resolver algún inconveniente de manera violenta se despida de nosotros con un “hasta la vista baby”. Del mismo modo no tememos que nuestro Chevrolet Spark algún día nos sorprenda transformándose en un gigante metálico de mal genio dispuesto a pelear mano a mano con otros artefactos igualmente intimidantes.

Sin ánimo de ser alarmista, contradigo la idea de que todo lo anterior pertenece al campo de la ciencia ficción, ya que sin que nos hayamos dado cuenta, los robots ya están entre nosotros y comenzaron a invadir nuestras vidas.

Solemos viajar en medios de transporte en los que una voz impersonal nos avisa la próxima parada, sin posibilidad alguna de agradecer tanta amabilidad.

Si el viaje lo hacemos en nuestro vehículo, solemos apelar a sistemas de posicionamiento global para resolver el intríngulis del trafico de regreso a casa, desafío que ni los X-Men todos juntos podrían solucionar, y ahí obedecemos a una voz que nos va indicando por dónde ir. Voz que sin conocernos nos saluda amablemente y con la que tememos llegar a establecer una relación peligrosa que nos lleve algún día a acostumbrarnos a oir: “¿Qué más gordi?, yo en tu lugar seguiría todo derecho”.

Si vamos a un centro comercial, es posible que al momento de ingresar tengamos que esperar a que una máquina nos dé la bienvenida y nos solicite que retiremos una tarjeta, la misma que al salir nos pedirá que la insertemos, que un momento por favor, que vuelva pronto; y nosotros como si nada.

Al momento de utilizar un cajero electrónico, seguimos sin chistar todas las indicaciones que vamos leyendo e inevitablemente nos hace reflexionar sobre el método tradicional de hacer fila para que nos atiendan cajeros de verdad, esos que usan corbata y que en algunos casos son menos comunicativos que las máquinas parlantes.

El panorama no mejora si hablamos de los famosos PBX, algo que siempre ha sonado como el nombre de un virus, que no sabemos su significado pero que todos tarde o temprano estamos condenados a pasar por sus fauces. Ahí nos recibirá otra voz que nos dirá que presionemos uno para español, que esa llamada podrá ser grabada o monitoreada (no hay certeza), que les encanta servirnos, etc. Y comienza el calvario de las opciones, lo cual nos desarrolla notablemente el hemisferio correspondiente a la lógica y la memoria al no tener claro si lo que necesitamos es la opción que pasó o la que viene, pero que el resultado termina siendo el mismo: cuando la última esperanza es poder hablar con alguien de carne y hueso, nos dicen invariablemente que todos los operadores se encuentran ocupados y que esperemos en la línea escuchando una música más adecuada para una clase de yoga que para reportar una emergencia, y así nos sentimos actuando en una remake de La naranja mecánica.

Ya es demasiado tarde para prepararnos. Ahora nos damos cuenta de que Asimov tenía razón. Tal vez lo único que podamos hacer es tratar de pensar en una cuarta ley que evite que las máquinas nos quiten lo más importante que nos queda: la comunicación. Antes de que sea demasiado tarde, volvamos a conversar con quienes nos pueden contestar, a quienes podamos mirar a los ojos.

Para volver a leer lo anterior marque cero.

 
Mario Víctor Vázquez es investigador, docente y divulgador científico. Profesor Titular de la Universidad de Antioquia. Doctor en Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Director del programa radial El Laboratorio y creador del Colectivo Quími Komedia.
Las opiniones de los colaboradores no representan una postura institucional de Colciencias. Con este espacio, Todo es Ciencia busca crear un diálogo para construir un mejor país.

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